Desigualdad de género y pobreza: ¿Cómo afecta el cambio climático?

Lucy Anusa tiene 17 años pero se casó a los 14. Vive en la aldea de Namalaka en Malawi, y contrajo matrimonio como una solución a la pobreza de su familia que se había acrecentado por la sequía que en 2016 golpeó al sur de África, y que amenazó con el hambre a cerca de 14 millones de personas

Sin haber terminado la escuela, Lucy tomó la decisión de casarse  aunque sus padres no estaban de acuerdo. “Ellos son pobres y ni siquiera podían darse el lujo de apoyarme para ir a estudiar, ellos no podían pagar”.
“Los fines de semana me pedían que vendiera verduras. Pero en 2016 hubo sequía y se hizo difícil poder cultivar vegetales. La sequía de 2016 realmente me empujó a casarme. Conocí a un hombre y opté por el matrimonio dada la forma en que estaba todo en casa”.

Las cosas estuvieron bien hasta que quedó embarazada. Su marido de ese entonces, le pidió que se fuera con algunos meses de gestación. Después de eso debió regresar donde sus padres.
El relato de Lucy es parte de la investigación “Novias del Sol” que en 2017 realizó un grupo de periodistas en Malawi y Mozambique para mostrar cómo el cambio climático afectaba en otras latitudes y estaba creando una nueva generación de esposas.
Lo que ocurre en África ayuda a graficar un problema que se ha acentuado en los últimos años dice Itza Castañeda, bióloga y especialista en temas de género de México, que se encuentra en Chile para exponer en el seminario “Latinoamérica ante el cambio climático: Biodiversidad, conocimiento y género”, que se realizará el miércoles 9 de octubre en el exCongreso Nacional en Santiago y que tiene como objetivo divulgar la relación que hay entre esos conceptos.
La idea de la iniciativa nace luego de que distintos informes científicos -como los del IPCC e IPBES- alertaran sobre la acción humana y cómo ésta había llevado al límite a nuestra propia existencia. Pero estas acciones, dice Castañeda, impactan de manera distinta según el género, el nivel socioeconómico y el lugar donde se habita.
En un documento del PNUD se indica, de hecho, que los fenómenos ambientales y los derivados del cambio climático afectan de acuerdo a los roles y responsabilidades que se han asignado socialmente.
Por este motivo, para la también consultora de Naciones Unidas, el factor de género debe sumarse a la ecuación para analizar el avance del cambio climático y la pérdida de biodiversidad. “Ese es mi punto de partida: Los tres son determinantes para la vida de mujeres y hombres, y tienen efectos e impactos diferenciados”, dice Castañeda.
Según explica, son diferenciados, además, entre mujeres rurales y mujeres urbanas; entre mujeres que viven en la costa y las que viven en el campo; entre las indígenas y las no indígenas. “Los seres humanos somos heterogéneos y entran en categorías de análisis distintas”.
La categoría de género, sin embargo, es útil para crear políticas públicas siempre y cuando se estudie junto a temas como las diferencias de clase, dice la bióloga: “No es que a la población nos llueva a todos por igual. Llueve o hay sequía para todos, sí, pero esa sequía o esa lluvia llega en condiciones de desigualdad estructural. Cuando hay brechas grandes, hay un impacto diferente”.
Por eso, es clave hacer políticas climáticas que sean género-responsivas, dice Castañeda. “El telón de fondo es la desigualdad existente que, si la obviamos, va a seguir dejando atrás a los que ya están marginados. Además, si queremos tener más éxito en las políticas de conservación de la biodiversidad y cambio climático, esto nos ayuda a visibilizar y a entender a la población en su conjunto y no solo con una visión binaria”.
Para Alejandra Figueroa, socia fundadora de la Corporación Capital Biodiversidad, la idea es cambiar la cultura que existe, ya que “hay diferencias importantes en los territorios cuando las mujeres participan”. Además, sostiene, problemáticas como la gestión de territorio, las definiciones políticas, o las estrategias en temas de naturaleza, son analizados de manera distinta entre hombres y mujeres.
“Mientras no cubramos la brecha de la participación de la mujer en todos esos espacios, vamos a seguir teniendo una sola visión respecto de esto y de las soluciones posibles”, dice.
Opinión compartida tiene Bárbara Saavedra, directora de la organización Wildlife Conservation Society, quien asegura que los impactos que derivan de la degradación de la naturaleza no se distribuyen de manera homogénea en la población.
Según explica, “está demostrado que los impactos son siempre más fuertes en los segmentos más pobres de la sociedad, y dentro de los segmentos más pobres, a las mujeres, ya que siempre son las que reciben menores ingresos y cuyas tareas son menos reconocidas”.
Entonces, añade, de manera desproporcionada reciben los “embistes de la degradación y de la reducción de servicios que presta la naturaleza”.
Por otra parte, asegura que la evidencia indica que cuando una práctica o conocimiento se instala en las mujeres, y ellas los transmiten en sus comunidades hay una mayor probabilidad de tener éxito. En ese sentido, dice Saavedra, “son un blanco al cual dirigir políticas públicas para poder facilitar la transformación y también para mitigar de manera más dirigida los impactos que derivan de la degradación de la naturaleza”.

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